La humedad del aire sopló únicamente para remover en sus pulmones la tristeza que habitaba desde hacía tiempo en su interior. Una lágrima quiso asomarse entre el rumor de las olas más su determinación de no apartar la mirada del cielo censuró el sentimiento. Impávida escuchaba las voces de su memoria que laceraban una y otra vez la ilusión, Ella estaba dispuesta a esperar. El frío avanzaba sobre el negro que cubría todo haciendo inútil su esfuerzo por mantener los ojos abiertos; Ella se confortaba soñando con la brisa fresca que vendría desde alguna costa lejana para llevarse la barrera que opacaba el cielo de su isla.
Por aquel lugar remoto pasó el tiempo en su camino al amanecer y al encontrarse con la niña, como dormida, sin vida sobre la playa, decidió llevarla con él. Compañera del tiempo, Ella camina cada noche por las calles oscuras mirando desde el cielo, segura de encontrar al menos una mirada ansiosa que la acompañe con su brillo.


